miércoles, 16 de noviembre de 2011

Serie Z: Capítulo 10. Aquí abajo se hospeda el puto infierno


Corro, como si me fuera la vida, como si huyera en vez de sólo ir. Llevo el hacha en la mano. Ellos son 4 y acaban de entrar dentro. Si le han dado caza ya le faltará medio cuerpo. Los mataré igual. La mataré a ella también. Corro y grito y también miro al cielo. Es de color morado, el color del miedo. Para matar es necesario temer, también para querer y más para ser querido. No deja de tener gracia pensar en el amor cuando te mueves para destruir cuando antes pensaba en destrucción cuando le hablaba a mi mujer de amor. Pero quien llevaba el hacha era ella. Y el infectado era yo.

            Los pies me piden detenerme justo en frente de la puerta, pero no les hago caso. Sé que si me paro ya no entraré y sé también que eso sería darle la razón a la mente; y quizás un poco también a mi mujer.

            Ya dentro siento el calor y el humo como una sola cosa azotándome como si fueran bates de baseball. Viene a ráfagas, me sacude y luego vuelta a empezar. Me agacho. Se oyen gritos. Gargantas que se desgarran como si sólo pretendieran partir algo en dos. Ella sólo escuchará eso y son tan salvajes que ni siquiera sentirá cómo se le quema el brazo que tiene apoyado contra una pared caliente. Estará temblando y sentirá en su pecho como el corazón le da puñetazos contra las costillas. Déjalo salir y muere aquí, porque no sabes que estoy y no vale la pena sufrir. 

No la oigo. Podría estar ya muerta. La tele sigue encendida. El sofá ha prendido y su funda de skay se está derritiendo. La madera cruje y se abate un mueble antiguo, al caer al suelo me da un vuelco el cuerpo, no debería disfrazarse de héroe quien se estremece por el estrépito de un sonido inesperado. O sí. Teme y entonces mata. Y deja que la naturaleza muerta sea quien llega a asustarte. Del miedo nos reímos cuando pasa. El miedo no es más que una persona que sale con pijama a la calle. 

Hablarse va bien, pero no quiero que me oigan. No podrían igual. Ellos no dejan de gritar como gritarán las almas que arden eternamente en el infierno. El grito del cielo es el del aburrimiento. Hay alguna muerte con castigo previo pero ninguna sin castigo posterior. Sale uno de ellos de lo que recuerdo que era el cuarto de baño, viene hacia mí, con un brazo colgando y el otro formando hondas sobre su cabeza, con el hacha rebaño el brazo, el resto de su cuerpo choca contra mí y los dos caemos al suelo. Sigue moviéndose como una cola de lagartija. El piso está caliente, me quemo las manos pero no por ello dejo de agarrar fuerte el hacha. Nadie se abandona al precipicio por más que las fuerzas ya no existan, si lo hace es por falta de fe. Yo no tengo esperanza en nada de lo que queda por vivir pero sí en lo que puedo matar. Me levanto antes que él, blando el arma y le alcanzo en el estómago, lo dejo aturdido pero sigue vivo. Trato de sacarle el hacha pero no puedo así que le cojo la cabeza y se la destrozo contra el suelo, el sonido no es más fuerte que el de dos nueces que partes con la misma mano. Desprendo la hoja de su estómago, le doy la vuelta y con la parte de atrás del filo le machaco lo que le queda de cabeza. Es como partir un melón y luego tratar de hacer zumo, sigo hasta que los últimos 3 golpes suenan a madera contra madera, de hecho estoy golpeando el suelo, y sólo el salpicar de alguna gota de sangre recuerda que ahí hubo una cabeza. Respiro. Me siento nuevo. Podría marcharme de aquí ahora porque ya estoy vacío, pero eso me llenaría la cabeza, y lo que pesa es lento. Faltan dos y falta ella. Y el fuego crece y por momentos parece lleno de rabia.

            Me pesa el hacha, cualquier arma la sostiene la furia, sin ella podría llevársela el viento y esconderse tras una nube cualquiera. También me pesa la ropa y las ganas de vivir. Si dejo de apretar los dientes por un segundo creo que podría levitar. Me siento liberado hasta que los gritos me recuerdan dónde estoy ahora y dónde tengo que seguir vivendo, cada día. Y cada día más. 

            Gritan y golpean las paredes y también metal y madera. Pueden ser sus manos o sus cabezas. Ella habrá pensado en su muerte diez veces y en la vida de la gente que quiso unas cien. Tengo que correr. Se escucha arriba. Subo los peldaños de dos en dos, uno de ellos aparece al final de la escalera, corre hacia mí. Cuando lo tengo un par de escalones de distancia lo atrapo del brazo y lo lanzo hacia abajo, cae al final de la escalera, corro hacia él, salto y caigo con todo mi peso contra su estómago. Siento cómo revienta bajo mis pies. Lo escucho como si no escuchara nada más. El silencio no es la ausencia de sonido, sino la soledad absoluta de uno ellos. Pongo mi bota sobre su cuello y presiono hasta que parece que sólo con eso voy a separarle la cabeza del cuerpo, le escupo en la cara, ya está muerto, doy un salto hacia arriba y vuelvo a caer sobre su tripa. Con la culata le golpeo el pecho tres veces, la última se lo perfora. La sangre que se queda pegada parece verde. No será ese su color, pero olerá igual de mal. 

            En cualquier momento la casa puede venirse abajo. El calor ya es insoportable. Podría estar ardiendo mi espalda y no lo notaría. Toso varias veces, me vienen arcadas pero sólo vomito humo. Tengo que darme prisa. Casi sin darme cuenta estoy arriba. Antes ni siquiera subí aquí. La rabia le delata, está en la habitación del fondo. Voy a paso lento. Aquí aún no ha llegado el fuego y a pesar de ello un fuerte resplandor viene de allí. Ralentizo el paso, me siento Clint Eastwood en algún Spagetthi Western en el que sólo él, y quizá Lee Van Cliff, sobrevivirá. Está en el suelo. Está en llamas. Se retuerce, siente el dolor, la humanidad es como una mancha difícil que nunca se va del todo, y si lo hace, arrastra al resto de color a la muerte. Siento pena por él, la siento y la siento fuerte. Me recuerda a cuando vi a Gadafi morir. Y el odio que sentí por los que no eran capaces de sentir lo mismo que yo sentía al verlo. Levanto el hacha, me duele hacerlo, ¿eutanasia o asesinato? Siempre fui de fuertes convicciones. 

El hacha se ha clavado tanto en el suelo de madera que no hay manera de sacarla, la remuevo como quien prepara un potaje para 300 personas. Al final sale. La apoyo en el hombro y voy a buscarla, como quien al llegar de trabajar indaga en silencio las habitaciones de su casa en busca de su hija. Porque hay una edad a la que jugar al escondite parece algo divertido y casi misterioso. Y es a esa edad cuando el tiempo se debería detener y la única pena la produciría el ver a otros para los que ya sería tarde.

Está en el baño. Ha echado el cerrojo. Podría decirle que abra, pero prefiero derribar la puerta con el hacha. Si recordara lo que dice Nicholson en El Resplandor bromearía con ello, pero nunca tuve buena memoria para los detalles. El sonido del partirse de la madera no es suficiente para ocultar el de su terror. 

-Soy humano, y estoy bastante sano.

Duda un buen rato.

-Aquí hace bastante calor, y abajo se hospeda el puto infierno –le doy 3 hachazos más y la activo. La puerta se abre y se queda frente a mí. Parece querer decir algo. Será gracias o quién sabe qué. La cojo de la mano y tiro de ella. No pesa más que una bolsa de Mercadona de dos céntimos llena.

La tapo con mi chaqueta y pasamos entre el fuego. Siento como la piel me cruje hasta partirse y supurar. No lo veo pero es un jugo blanco y con burbujas. Duele. Sigo vivo. He ganado.





CONTINUARÁ, CLARO....

6 comentarios:

La vecina del Ártico dijo...

:)

riki dijo...

Ese Fentxo! lo he pasado fatal tio!3 zombis y encima un incendio! bueno ya no estara solo...la compañia no viene mal en apocalipsis zombis!!! jejeje un abrazo!!!

C* dijo...

qué bien, alguien con quien hablar... y correr, y matar...

F. dijo...

Creo que esta ha sido la entrega que más me ha gustado. También es verdad que has jugado fuerte ;)

C* dijo...

y esta semana qué?

Anónimo dijo...

Tengo mono!!!! donde está Cap.11?